El encanto de las medusas

Fotografía: Miguel Ángel Camero

Por María Luisa Govela

Carta a mi amiga y maestra Gloria Gómez Guzmán

Querida Gloria: En tu libro Aguamala nos dedicas un bello poema a Fernando Vega y Gómez y a mí. Se titula Agua de lujo y nos dices que en verdad ese obsequio poético te costó mucho más que un Rolls Royce, más que una mansión a la orilla del mar, más que un piso en Nueva York. Soltar ese montón de palabras te costó los cuarenta y seis años que entonces tenías. Nos regalaste, además de ese poema, el enorme privilegio de ser nuestra maestra: no fuimos tarea fácil como alumnos. Éramos un par de veteranos altivos e insumisos. El lujo siempre has sido tú, Gloria. Un lujo hermoso y doloroso al mismo tiempo, como una medusa.

El ser humano presume hoy de una sensualidad centrada en el hedonismo y el placer. Olvidamos un hecho central que nos compete en aquello que llamamos alma y se refleja implacablemente en su constante compañero: el cuerpo. Estoy hablando, desde luego, del dolor. El placer físico es limitado. Al orgasmo, por ejemplo, le llaman pequeña muerte porque, a pesar de ser uno de los mayores placeres imaginables, está condenado a una corta duración. En cambio, el dolor tiene mayor capacidad de permanencia que el placer. El dolor -dice Marguerite Yourcenar- pone en marcha mecanismos poderosos. El dolor es nuestro, aunque dependa en primera instancia de la instigación ajena, pero continúa después surgiendo de nosotros mismos, cosa que no hace el placer. El dolor se apodera de nosotros por completo. Es nuestro compañero hasta la muerte. Quien sufre dolor sólo puede pensar en el dolor. O escribir poemas maravillosos, como tú.

La gran poesía es como las medusas: hermosa y dolorosa a la vez. Tus poemas se ajustan a una de las definiciones de poesía de Archibald McLeish: Toda la historia del dolor, y una hoja de maple. Tus palabras tienen la belleza y colorido sensual de la medusa, en cuyo cuerpo húmedo y transparente se reflejan todos los colores del arco iris; mas si nos toca, el dolor intenso que la permea penetra por nuestra piel  como alfileres filosos y corrosivos. Confieso que no puedo recobrar fácilmente la calma interior después de leer algunos de tus poemas. Cuando leo los versos de Aguamala me esfuerzo por no soltar el llanto. No solamente por ti, también por mí.  Me enfrentas a episodios de mi vida que siempre me ha dolido recordar.

En aquellas tardes inolvidables del taller de creación literaria, sugeriste lecturas entrañables y señalaste modestamente que eran los grandes poetas quienes serían los tutores fundamentales. Bebí de su sabiduría al mismo tiempo que me enriquecía con tus enseñanzas. Siempre exigente y justa, si alguien llegaba sin su trabajo semanal que mostrar para recibir la crítica de los demás, no podía participar. Aprendimos cuáles eran las sugerencias que realmente ayudaban a nuestro trabajo, además de cómo mejorarlo omitiendo palabras superfluas o añadiendo otras que lo enriquecieran. Desarrollamos nuestro oído poético para distinguir entre poesía y lo que no lo era. Con dolor benéfico -por aquello de nuestros egos sobrevaluados- nos enseñaste la importante humildad de “encestar” sin piedad aquellos trabajos que no tenían remedio y salvar los que podían ser salvados. Adquirimos la agudeza de reconocer la crítica constructiva y la que era sólo una crítica pobre o equivocada. Aconsejaste no dejarnos abatir por cierto tipo de obstáculos que todos encontraríamos en nuestro camino.

Más de treinta años después, yo a mi vez te dediqué un poema inspirada en esos desgarradores versos tuyos donde te despojas de trozos de tu vida hasta quedar desnuda, en carne viva. Pero al mismo tiempo, como Chaplin, nos brindas a veces en medio de la angustia y el dolor, una sonrisa cáustica e inesperada, que es un sorbo de agua fresca para continuar por el escabroso camino de tus palabras. Como eso de decir que por culpa de Freud ya nadie teme a las víboras; o que debemos a las pulgas la perfección evolutiva de nuestros pulgares; o que las ratas sólo devoran al hombre cuando no tienen nada más a su alcance. O cuando proclamas que el poeta debe asumir sus pasiones, de no hacerlo, ¿quién quedará para firmar la credencial de elector?

En Aguamala hay líneas que me marcaron para siempre. Bellos tatuajes de imágenes insólitas. Preguntas en un poema quién te arrojó a la angustia de vivir en la palabra. Yo no me lo pregunto: Fuiste tú, Gloria, quien me arrojó a esa angustia. Pero también me lanzaste a la alegría alucinante del mundo de las palabras. Como dices a tu madre, yo también quise amarte en un poema, inspirada en los hombres que tan mal nos han amado, y porque te debo ese mundo de letras y otras cosas.

Mira, tuvimos más que la vida -en palabras de Yehuda Amijái-. El poema que te dediqué se titula Nosotras que los quisimos tanto. Tú ya lo conoces. Hoy, con motivo de tu cumpleaños, te dedico un ramillete de mis versos, una letanía de imágenes agradecidas a ti, entrañable amiga y maestra, gloria de los poetas tampiqueños.

Tampico, Tamaulipas, mayo de 2020

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