Elena Pérez. Una vida de novela

Fotografía: Miguel Ángel Camero

Por Gloria Gómez Guzmán

“Si te contara mi vida, escribirías una novela que tendría un gran éxito”, me dijo Elena Pérez una noche en los tempranos 80 (del siglo XX); yo le respondí que la vida de todas las personas es digna de una novela, pero que yo no escribía novelas (yo intentaba la poesía entonces y ahora ya he desistido de ello), pero -se lo dije- creía que el éxito que un escritor alcanzaba residía en la forma que hallaba de hacer sentir al lector  verdadera una vida, vivida o no.  Aún recuerdo la mirada con que recibió la notificación que le hice, parecía decir: “Pobre mensa”.

Es cierto, siempre he sido una pobre mensa, pero no tan sólo yo; ella también. Mira que haber permanecido en el IRBA (Instituto Regional de Bellas Artes de Tampico) hasta que la genocida desidia de los funcionarios culturales del municipio y del estado echaran la última paletada de olvido sobre esa única instancia al arte y la cultura para la gente de este puerto… Eso, no es otra cosa que ser mensa. También éramos necias, tercas pues, y luchamos por la supervivencia del IRBA – con nosotras también Alicia, Jorge,  Arturo, Cecilia, Enrique, Caín, José Luis, Isabel, María Luisa Herrera, los Guzmán Aguayo, Luis Nieto, Cuauhtémoc, los maestros del IRBA, los mejores músicos y cantantes porteños, y los más queribles de nuestros conciudadanos, esos que creyeron que el arte es necesario para mejorar la vida…  los mejores y más lindos mensos de esa época.

Elena no tan sólo creyó que el arte mejoraría la vida de quien fuera, sino que se puso a compartir su arte –el bien amado arte de la danza clásica- entre las niñas tampiqueñas, maderenses y altamirenses  que acudían al IRBA, y que odiaban por ello a sus padres porque así perdían sus tardes de juegos y holganza, pero que irremediablemente terminaban por gustar de esa pequeñita maestra que les hacía experimentar su amor por la expresión armoniosa, bella, de las emociones que con sus cuerpos podían transmitir.

Una vez escribí una novela basándome en la vida de una mujer a la que puedo saquear impunemente –yo misma- y comprobé lo que le había dicho a Elena una noche en los 80: toda vida es novelable, pero hace falta un gran escritor –y esa no soy yo- para hacerla verosímil, apasionante, así no lo haya sido. Aún suscribo que las vidas de todos son excepcionales. Elena lo sabía respecto de la suya, ahora que se ha marchado de estos días execrables, creo que este puerto y sus gentes le están debiendo al mundo una novela: la de la pequeñita Elena que con su nariz afilada aún apunta hacia el futuro hermoso que necesitamos con urgencia.

Texto publicado en el portal tampicocultural.com.mx en el año 2010

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