Gloria Gómez y la muerte del hombre moral

Imagen publicada en El Bagre. Cultura y sociedad desde Tamaulipas, núm. 16, marzo-abril de 1997, p. 27.

Por Gastón Alejandro Martínez

yo no canto al mar
pero
es el golpe de su oleaje
lo que sacude
las extenuadas orillas
de todos mis poemas

G.G.

Desde sus primeros poemas, la obra de Gloria Gómez se distingue por ser el testimonio descarnado de una guerra perdida. Pienso en un lector ajeno al mundo tampiqueño, un extranjero, por ejemplo, leyendo en los andenes de una terminal ferroviaria un libro como Para los que en altamar aún velan (Instituto Tamaulipeco de Cultura, Cd. Victoria, 1988). Nuestro lector hipotético apenas podría creer que se trata de los versos de una escritora mexicana, nacida en un puerto industrial del Golfo de México, que creció en tiempos en que la crisis económica no era todavía el pan nuestro de cada día, terminó estudios universitarios y casó por esos años con un talentoso joven escritor quien se ganaba la vida como obrero dentro de la industria más poderosa del país. No, aquel lector pensaría se trata de los versos de una sobreviviente de un campo de concentración europeo, de una ex-combatiente de la guerrilla latinoamericana o de una activista de los derechos civiles en Norteamérica, aún trastocada por la revuelta juvenil de los sesenta, con algunos años de cárcel, varios descalabros sentimentales en el marco de relaciones no convencionales y el desaliento propio de quien sabe el sueño ha terminado; sin embargo, a pesar de que los poemas aludidos parecen corresponder a una realidad extraña a la de nuestra poeta, en sus momentos mejor logrados, Para los que en altamar aún velan no deja de conmovernos: caída es un lugar terrible para el bípedo humano’/ una blanda hélice lo emerge más allá de la mañana/ (respiramos de la vida el aire breve/ ahogándonos)/ caída es siempre donde estamos/ y el tiempo nuestro devorándonos/ caída es el lugar diverso de la nada/ caída es el almácigo/ donde germinan/ azules/ las semillas del sueño. Cruzan por este poema los vientos duros y brillantes de Ted Hughes, aunque éste jamás hubiera pasado de una tercera persona: ‘bípedo humano’, a una primera del plural, pues sabe que la voz distante del que escribe mantiene la tensión y el peso terrible de sus versos, poniéndolos a salvo del melodrama, esa desafortunada tendencia de la poeta porteña que tira por la borda un montón de buenos poemas que podrían ser brillantes. Estamos entonces frente a un problema: ¿en qué fuentes, en qué certezas abrevan los escenarios de catástrofe en la poesía de Gloria Gómez?

Para tratar de contestar a esta pregunta voy a referirme a otro poeta costeño de características diametralmente opuestas a las de Gloria: José Luis Rivas. Resulta ya un lugar común y sin embargo no deja de ser constatable que el poeta de Tuxpan, nacido —como ella— en 1950, juguetea sensualmente, a lo largo de su obra, en un paraíso nunca perdido, lejano a toda nostalgia, para cantar en el centro de él su fascinación por la vida, su comunión con el mundo natural con todo su dolor, crueldad y belleza; de esta manera nos entrega una tierra nativa vuelta a fundar por la palabra, una tierra tan real como el Tuxpan de todos los días. Rivas sabe que la poesía miente y lo asume, pues entiende que su papel no es decir la verdad convencional, finalmente hija del poder en turno, sino revelar, poner al descubierto el sentimiento del tiempo, por los caminos de lo imaginario. En ese contexto, sería ocioso decir que la poesía de Rivas no corresponde a la realidad de su tierra. Pocos como él pueden jactarse de un apego tal, en el sentido de Gertude Stein, que inaugura ese hermoso libro que es Tierra nativa (FCE, México, 1982): Al fin y al cabo cada quien es como es / su tierra y su aire./ Cada quien es como el cielo es bajo o alto,/ el aire pesado o claro/ y cada quien es según haya o no viento allí./ Es eso que los hace y lo mismo las artes que ellos hacen/ y el trabajo que hacen y la manera en que comen/ y la manera en que beben/ y la manera en que aprenden y todo.

Volvamos ahora a la poeta tampiqueña. Ella también miente (muy a su pesar, pues vive apasionadamente el sofisma de lo verdadero, lo que llamaríamos, cantineramente, la neta), inventa una realidad para gritar desde ese centro su dolor, su desamparo, su caída. A través de esa realidad imaginaria la voz de la poeta nos revela, libro tras libro, el descalabro humano al que parece enlazar también su suerte: la muerte del hombre. Pero ¿cual hombre? El hombre moral.

Reflexionar sobre la obra de Gloria Gómez haciendo a un lado su intención social sería un error; sin embargo, esta característica se revela en ella de una manera singular. No es ni remotamente una poesía militante; tampoco ‘generacional’, como pudiera desprenderse de una lectura por encima;[1] es, en todo caso, una poesía existencial donde lo social es inseparable del sueño íntimo de la poeta: la redención del hombre: si soñaste/ si osaste —aterida y húmeda— amar/ si lloraste y deveras harta/ lograste sonreír/ y estuviste aquí/ dispuesta para la vida/ con las armas en alto/ si aprendiste a defender la porción de sueño/ que nos es posible jalar a tierra firme/ si es de noche y aún bailas/ porque siempre ha de llegar/ el amanecer espléndido/ si estás viva/ este es tu poema y el mío.

En los poemas de Gloria el hombre (el animal humano) lo abarca todo; no obstante, sus versos no inventan una geografía corporal, a la manera de un erotismo. Como el alma en Gloria Riestra e Isaura Calderón, es el espíritu humano el personaje central de su obra. Su conmovedor entusiasmo por el hombre y su doloroso desaliento ante su extinción no deja lugar a otros reinos. El mundo vegetal no existe; los animales son un decorado mustio, animales ‘humanizados’ y urbanos que acompañan, fastidian o ayudan a crear esas atmósferas desoladoras tan caras a la escritora tampiqueña. En uno de sus mejores poemas, «Oso con poema adentro» (donde, por cierto, trabaja en tercera persona y no cae en la tentación de decir ‘yo’ o ‘nosotros’) al describir las costumbres invernales de ese animal, en realidad habla de sí misma o, finalmente, de los poetas. Aquí no hay puerto ni ciudad; atmósferas, sólo atmósferas, lluvia añil, tormentas, basureros de la desmemoria: si la tierra nativa aparece es para delinear el sueño de la huida: me iré/ lejos de este pueblo triste y podrido/ me voy/ no es la mejor época del año/ ni el mejor año de la época/ pero me voy/ partiré conmigo solamente/ y ya es excesiva la carga/ perderé mis años de seguir aquí/ qué alegría/ me voy.

Gloria no habla, como los personajes rulfianos de Comala, desde la tumba, en este caso desde la tumba de lo que he llamado el hombre moral; habla desde la vida; pero como una sobreviviente: su verdadera militancia es el sueño y es la esperanza, los suyos y los del mundo. No un ‘mundo mejor’ situado siempre tras la frontera de la vida de un hombre, sino el espacio redimido, el lugar del amor y la convergencia de espíritus, el futuro posible despuntando en el próximo amanecer, el mañana de carne y hueso, padre y madre del «aquí y ahora»; por ello, su dolor resuena más hondo; su optimismo conmueve, como la imagen del viejo guerrero que sale de la cárcel donde consumió su vida… con el puño en alto. Un sobreviviente no pierde jamás la esperanza en que varios como él estén vivos y ahora mismo se busquen: (…) pero aún habrá entre los nuestros algunos/ que desoyendo/ ciertamente riéndose/ vayan y vean/ y venzan/ para hacer vivir/ en nuestros vientres/ el latido inmenso de la luz.

Mas esta sobreviviente sabe, o debería saber, que ahora sólo cuenta la palabra y la belleza que genera para afirmar al mundo y hacerlo habitable.

Toda redención, incluso la estética, implica una moral, es decir una idea del hombre como proyecto perfectible. A esta idea no escapa ni siquiera un pensador tan subversivo como Nietzsche, aunque su idea del superhombre es más bien un regreso al hombre anterior a la moral judeocristiana. La tentación de redimirse es casi consubstancial al ser humano. El comunismo traspoló el paraíso celestial cristiano a un tal vez lejano pero inexorable futuro luminoso en la tierra, habitado por un hombre nuevo, libre ya de todas sus cadenas. Este era el verdadero proyecto del hombre moral, devenido en hombre ideológico. A finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando la sensibilidad europea ya conocía demasiado bien el rostro siniestro del socialismo realmente existente, muchos de nosotros —jóvenes o casi adolescentes— pensábamos que era el único camino para la liberación de la humanidad. Hijos de la clase obrera, nuestras potencialidades y talentos no fueron de la mano con nuestra preparación intelectual en aquellos años, y Gloria Gómez no escapó a ese fenómeno. Ciertamente, una pobre formación intelectual nos hizo militantes e ideólogos antes que artistas y puso diques a nuestra sensibilidad. Antes de cantar, gritamos; antes de pensar, farfullamos pobres catecismos revestidos de teoría. No vaya el lector a pensar que Gloria era una especie de presidenta del koljoz o algo así. Su espíritu libre de artista le ha hecho recelar siempre de ortodoxias y panfletos, desconfiaba de los soviéticos y su órbita de poder, y hace relativamente poco tiempo aún simpatizaba con la posibilidad de un socialismo libertario, justiciero y a la medida de sus sueños. Además, las revueltas juveniles de los sesenta, el arte vanguardista y la música de rock inyectaron nuevos bríos a la esperanza de redimir finalmente al hombre por los caminos de la imaginación, la libertad y el arte. Aquello fue realmente un poderoso movimiento de ideas que sacudió a todo Occidente. Su descalabro como proyecto de una vida más plena para todos caló mucho más hondo en el espíritu de Gloria Gómez que la decepción comunista. El hombre moral, hijo de la más pura cepa cristiana y protagonista de estas batallas del siglo veinte, se extinguía ante los ojos de la poeta y ella —hija también de su tiempo y de su ámbito— no pudo ver en ello (como posiblemente no pueda verlo ahora) la verdadera posibilidad de liberación: la afirmación del hombre tal cual es y ha sido, con toda su luminosidad y todos sus ocasos, con todo su horror y toda su belleza.

El poeta Primitivo Hernández, a quien escuché una primera apreciación sobre la muerte del hombre en la poesía de Gloria Gómez, publicó una extensa reseña de su libro El sermón del arenque (CECAT, Cd. Victoria, 1993) donde descubre lúcidamente un cambio importante en este poemario de reciente aparición:

en su poesía hay un soplo novísimo, acaso expectante en deslumbrantes hallazgos. Es un soplo refrescante y bienhechor que ya se escucha y se deja sentir en unos cuantos poemas (…) Este nuevo aliento poético ha comenzado a cautivarnos porque suena pleno de dignidad y fuerza propios más allá de lo que es ingenio, sarcasmo, desencanto, maestría y lucidez (…) No enfrentar un desafío tan privilegiado por otorgar una importancia desmedida al desencanto de una época irrisoria, significa que es más fuerte la voluntad de callar o el deseo de no crear.[2]

Personalmente pienso que tal soplo es una corriente subterránea que recorre todos sus poemarios y que de vez en vez deja ver sus aguas cristalinas, de curso más sosegado, donde las camisas de fuerza ideológicas y la retórica del desastre están ausentes. Esta corriente nace en una sabiduría, de hondas raíces populares, que siempre ha acompañado a Gloria, quizá sin que ella lo tome muy en cuenta, en su conversación, en los giros verbales de su habla, en sus reflexiones, en otros tiempos (no sé si todavía) siempre cargadas de humorismo e ingenio, para develar las desgarraduras de la ‘normalidad’ y los poderes que empequeñecen al hombre. Disiento con Primitivo sobre su apreciación de un libro como Para los que en altamar aún velan.[3] Siento que entre ese libro y El sermón del arenque hay un largo proceso de maduración de la voz, un aprendizaje de respiración; por lo mismo, existe —creo— una diferencia de calidad notable. Estoy convencido de que el crecimiento formal y la hondura temática en un artista auténtico son fenómenos de una misma naturaleza, pues escribir un poema nos opone siempre una resistencia expresiva que no distingue forma de fondo. Acaso Primitivo y yo hablamos de cosas distintas, lo cual sería más interesante, pues hablaría no de una sino de varias posibilidades de expresión poética de Gloria Gómez. Para mí, un poema como «Agua bendita», de gozosos parentescos con lo mejor de Bandeira, Drummond de Andrade e incluso Vinicius de Moraes, es una muestra de esos caminos poco explorados por la poeta, que tal vez harían la diferencia entre una buena escritora tamaulipeca y una artista excepcional de posibilidades insospechadas.

Notas

  1. Cf. Orlando Ortiz, Tamaulipas, una literatura a contrapelo, Col. Letras de la República, CNCA, México, 1994, p. 23.
  2. Cf. Primitivo Hernández, «El agua y el arenque», en El Bagre, núm. 4, agosto de 1995, p. 34.
  3. «Vemos, en consecuencia, que el ingenio, la madurez, la maestría parecieran subsistir al imperativo de descubrir y desarrollar temas y formas ya esbozados con plena dignidad en El sermón del arenque y en un libro tan bello, necesario e intenso como Para quienes en altamar aún velan». P. H., op. cit., p. 34.


Fragmento de “El poeta y su tierra. (Atmósferas, escenarios, naturalezas muertas)”, El Bagre. Cultura y sociedad desde Tamaulipas, núm. 16, marzo-abril de 1997, pp. 28-30.

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