Un dilatado combate contra el mundo

Jorge Yapur, Tzakam-teney-huchuy (Niño tocando la flauta), ca. 1992. Imagen: Roberto González Elizalde en “La escultura huastequista de Jorge Yapur, una propuesta estética neomexicana”, Discurso Visual, No. 39, enero-junio de 2017.


En 1989, a propósito de una exposición del artista Jorge Yapur, Gloria Gómez escribió el siguiente texto:


La vida de todo artista es un dilatado combate contra el mundo.

He aquí las heridas de esa guerra en los ojos, en las manos de un hombre que atravesó el Aquerón dos veces y no salió ileso. Nadie sale indemne de ahí. Por amor a los hombres mintió Homero y los mortales lo premiaron inmortalizándolo.

Pero los padres de Jorge eran libaneses: Jorge mismo se enorgullece de su ascendencia árabe —pero más por poesía que por chauvinismo, seamos justos—, porque este pintor nuestro no niega, sino asume la tradición universal bajo la consigna de los grandes maestros: MAKE IT NEW.

De otro modo, ¿cómo explicarnos la violencia desencantada y el relumbre hiriente de la fe en los óleos que hoy tenemos la fortuna de contemplar?

Los abalorios del guerrero ¿lo protegerán del poder horrendo de la noche? Su triunfo en ese combate decide nuestra suerte, es nuestra vida lo que pende de ese instante en que el artista abre boquetes que dan hacia la luz.

Esa guerra es nuestra. Esa magia es poderosa: la hemos hecho con el sueño que emana de nuestra realidad.

Nuestros ojos beben luz; Jorge Yapur nos lo recuerda para que no olvidemos de dónde procede nuestra fuerza.

Gloria Gómez Guzmán
Tampico, Tam. Primavera de 1989

Escuchando a Gloria Gómez Guzmán

Ana Elena Díaz Alejo invita a leer la poesía de la tampiqueña Gloria Gómez Guzmán. Video publicado el 27 de junio de 2016.

Por Ana Elena Díaz Alejo

¡Buen domingo, querido lector! ¿Verdad que ya le he confesado que me gusta leer poesía? Lo que no le he dicho es a qué hora leo. Mire usted, leo en el día, para encontrarme con el poeta y pedirle cuentas y demandarle que me revele por qué eligió tal o cual verso. Leo por la noche para perderme en las líneas y mirar con los ojos del artista, y vivir con sus sentidos y tratar de llegar a sus playas y conversar con él… En el día, soy la lectora de oficio, observadora de imágenes, de ritmos, de metáforas. Por la noche, voy de visita, dispuesta al sacrificio; a la espera de un gesto, al encuentro de una emoción.

He intentado leer a Gloria Gómez en el día, pero sus versos se acantonaron; las letras, como erizos, se convirtieron en esferas herméticas, y las páginas, fieles guardianas, no me dieron el paso. Tuve que esperar, humildemente, la llegada de la noche. Y el libro, puerto antológico, abrió su follaje. Ramas heridas de un mismo tronco deshojaron ante mí los pétalos de cuatro ediciones: No eran la epopeya de estos años nuestros días (1981), Litoral sin sobresaltos (1984), Para quienes en altamar aún velan (1987), y Aguamala y otros poemas (1998). Y, así, en la quietud de las horas oscuras, descubrí allí muchos tiempos, desde los que creían que “la vida era una roja bandera y esas cosas” hasta los del agua quieta donde las manos de la poeta “ya han metido suficiente ruido entre las líneas”.

Traté de seguir la vereda desolada que cimbra la poesía de Gloria. Va uncida a su palabra y a su vivir, desde el sentimiento amargo que pugna por emerger entre unos versos impetuosos, hasta su encuentro con el sufrimiento universal. Y descubrí que la solidez de sus poemas corre parejas con un pesado convencimiento: somos huérfanos, nadie nos protege. A mayor certeza de esta verdad personal, hay más concreción en las voces elegidas (“pero si los días de ira han terminado / la puerta del futuro está cerrada para todos”). Y con estas certidumbres en su aljaba sombría, Gloria viaja quedamente hasta un leve, levísimo, puerto de serenidad. La voz entintada en la emoción va cediendo paso a la diseñada por la maestría, por la solvencia, por la sindéresis, por el dominio de la palabra poética.

Gloria es absolutamente consciente de la función colectiva de la poesía Y, para convencernos, arroja por doquier imágenes y definiciones preñadas de agresiva e implacable sensorialidad cuyos golpes apenas permiten al ser humano levantarse de sus abismos: “a las ratas les gusta: / viajar en barco / el empaque de las estufas / el queso añejo / las tortillas y el pan (duros) /los chicharrones de puerco / y la gente (cuando no hay más)”.

Gloria se identifica con el grito existencial de los años 70, cuando el artista agonizaba y requería la urgente atención del mundo y, al no recibirla, guardaba silencio, un peligroso silencio que llegó a franquear algunas puertas, no muchas: “no hable / no mire / quede en calma / no se soluciona todo a gritos /no se gana nada con llorar / camine hacia la puerta / salga / no haga caso de las flores / de las armas / de los hombres / no hable / no escriba”. Gloria no se rebela para hablar de “sus cosas”. Ella clama ante la conciencia ajena, exige que nos responsabilicemos de nuestra propia culpa. Y mientras su voz se eleva, nosotros permanecemos sordos: grave función de los artistas en el seno de las sociedades hostiles.

Aguamala y otros poemas está escrito con un pulso doloridamente sereno, convencido de la imposible redención humana, de la inutilidad de tantos actos fallidos. Y es aquí donde confirma que nada se puede rescatar del desastre: “parada ahí / entre la calle y la noche / a mitad de la esperanza / supe / que el mundo / no estaba preparado para darme otra cosa / que un baño de realidad helada / sin miramientos”.

Lo invito, querido lector, a escuchar la poesía de Gloria Gómez Guzmán. Presenta su Antología personal, 2009, el miércoles 18 de marzo, a las 13 horas en la Facultad de Música de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, campus Tampico. Tendré el honor de darle la bienvenida editorial. Acompáñenos, Gloria es una poeta a quien todos debemos escuchar.

¿Y usted me leerá el próximo domingo? Gracias. Aquí lo espero.

“En dulce charla”, columna literaria publicada en el periódico La Razón el 15 de marzo de 2009.

Elena Pérez. Una vida de novela

Fotografía: Miguel Ángel Camero

Por Gloria Gómez Guzmán

“Si te contara mi vida, escribirías una novela que tendría un gran éxito”, me dijo Elena Pérez una noche en los tempranos 80 (del siglo XX); yo le respondí que la vida de todas las personas es digna de una novela, pero que yo no escribía novelas (yo intentaba la poesía entonces y ahora ya he desistido de ello), pero -se lo dije- creía que el éxito que un escritor alcanzaba residía en la forma que hallaba de hacer sentir al lector  verdadera una vida, vivida o no.  Aún recuerdo la mirada con que recibió la notificación que le hice, parecía decir: “Pobre mensa”.

Es cierto, siempre he sido una pobre mensa, pero no tan sólo yo; ella también. Mira que haber permanecido en el IRBA (Instituto Regional de Bellas Artes de Tampico) hasta que la genocida desidia de los funcionarios culturales del municipio y del estado echaran la última paletada de olvido sobre esa única instancia al arte y la cultura para la gente de este puerto… Eso, no es otra cosa que ser mensa. También éramos necias, tercas pues, y luchamos por la supervivencia del IRBA – con nosotras también Alicia, Jorge,  Arturo, Cecilia, Enrique, Caín, José Luis, Isabel, María Luisa Herrera, los Guzmán Aguayo, Luis Nieto, Cuauhtémoc, los maestros del IRBA, los mejores músicos y cantantes porteños, y los más queribles de nuestros conciudadanos, esos que creyeron que el arte es necesario para mejorar la vida…  los mejores y más lindos mensos de esa época.

Elena no tan sólo creyó que el arte mejoraría la vida de quien fuera, sino que se puso a compartir su arte –el bien amado arte de la danza clásica- entre las niñas tampiqueñas, maderenses y altamirenses  que acudían al IRBA, y que odiaban por ello a sus padres porque así perdían sus tardes de juegos y holganza, pero que irremediablemente terminaban por gustar de esa pequeñita maestra que les hacía experimentar su amor por la expresión armoniosa, bella, de las emociones que con sus cuerpos podían transmitir.

Una vez escribí una novela basándome en la vida de una mujer a la que puedo saquear impunemente –yo misma- y comprobé lo que le había dicho a Elena una noche en los 80: toda vida es novelable, pero hace falta un gran escritor –y esa no soy yo- para hacerla verosímil, apasionante, así no lo haya sido. Aún suscribo que las vidas de todos son excepcionales. Elena lo sabía respecto de la suya, ahora que se ha marchado de estos días execrables, creo que este puerto y sus gentes le están debiendo al mundo una novela: la de la pequeñita Elena que con su nariz afilada aún apunta hacia el futuro hermoso que necesitamos con urgencia.

Texto publicado en el portal tampicocultural.com.mx en el año 2010

Frutos bellos y dolientes

Por Margarito Cuellar

Puntal de la generación de los cincuenta en esta región del norte mexicano. Gloria ha sabido dotarse de una voz que desde finales de los años setenta no ha dejado de producir frutos bellos y dolientes. La remembranza de una época reflejada a través de alusiones a la música, la moda y la política, es parte del material con que trabaja sus poemas, despojándolos de todo indicio de puntuación.

Fragmento publicado en la revista A quien corresponda (#101, julio, 2000)

GGG en “Ensayo panorámico…”

Por Orlando Ortiz

[La voz de Gloria Gómez Guzmán] es una de las más enérgicas y sonoras en la poesía tamaulipeca —incluso nacional— de nuestros días, vital y de luminosas sonoridades que nos remiten al drama de una generación —la de los sesenta— que se despellejó el corazón y dejó la piel en la lucha por algo que a la vuelta de los años se escurrió por entre los dedos de aquellos jóvenes, pero a la postre sedimentó en las siguientes. Formalmente, la poesía de Gloria fractura el ritmo y consuma imágenes desmelenadas dentro de un coloquialismo incisivo que repentinamente se dispara a metáforas desgarradoras y ricas en sugerencias. Dueña de una voz rica en matices, ha sabido conservar y superar su calidad poética.

Fragmento publicado en Ensayo panorámico de la literatura en Tamaulipas. Tomo III, México, Gobierno del Estado de Tamaulipas, 2015, pp. 24-25.

Celebración de una poeta que me mienta la madre [en homenaje a Gloria Gómez Guzmán]

Fotografía: Miguel Ángel Camero

Por Fernando Corona

Celebro a una poeta que me mienta la madre como humano venido a menos, venido a sombra y sueño roto, una que rasga y no acaricia mis oídos amansados, que habla desde la entraña y no desde los labios enmielados, que entiende su labor porque le duele el mundo y no por un llamado desde los buenos destinos de las excelsas conciencias ciudadanas. En Gloria pulsa una poesía que no está hecha para el aplauso. Seré más claro: amerita el aplauso y me levantaré a entonarlo porque es un reconocimiento, pero nunca porque simple y llanamente nos abran sus versos al cómodo entretenimiento de una tarde de sábado.

Celebro a una poeta que mira en el pasado reciente como al deshuesadero a donde desechamos nuestros restos. Con oficio y visión se asoma a esos ayeres sin dejar de lado los caudales de una tradición que conoce: la clásica, la de los metros y los recursos retóricos, pero sin dejarse maniatar por ellos y caminando por la delgada línea, sencilla y pura, del habla cotidiana, del requiebro de quejas y reclamos a voz en cuello y víscera.

En un primer título, No eran la epopeya de estos años nuestros días, nos lanza una fila de poemas que en los encabezados hacen figurar una suerte de epigrafario, como si los textos fueran ventanas que se conectaran a distintos horizontes para saberse parte de variados escenarios donde distintas voces transitaron y fueron, más que menciones o palabras, advertencias y sentencias de lo que ha sido el hombre. Gloria hace notar, a este respecto, su conexión inicial e intrínseca a lo largo de su obra en la dedicatoria al libro (“en la dedicatoria de un libro… ah”, como exclama), calificando esa forma humana de ser como “un sueño llamado nosotros”.

Y no se trata solamente esa conexión de una metáfora que circunscriba la dedicatoria a un libro. No. Gloria hará patente en su obra poética el dolor por una conjunción de elementos que, en lo humano, han significado en distintas épocas la circunvolución de nosotros desde nosotros y hacia nosotros mismos para acabar siendo casi nada, desperdiciando el transitar por la existencia. Esos elementos son el sueño y la sombra. Parece que desde Píndaro, en la lejana Grecia del siglo V antes de nuestra era (aquélla a la que se referirá Gloria en los textos finales de Aguamala y otros poemas), nadie podría entonar más elevada concreción crítica que su oda Pítica VIII, en la que se pregunta:

¿Qué es el hombre?, ¿qué no es? Efímero, el hombre es el sueño de una sombra.

Pero vienen, siglos, milenios después, poetas como Gloria a recordarnos que esa cuestión no sólo puede, sino debe ser reconsiderada y recreada conforme a los elementos y las circunstancias de cada época. Y los nuestros, apuntará nuestra poeta, son monserga y basura, son lástima y desperdicio por lo que somos y lo que hemos hecho. Para ello, Gloria ubica primero su condición en un presente que mira hacia el pasado reciente sobre el que tendría que decirse “que todo parecía recién inaugurado”, en donde “éramos los dueños del futuro y esas cosas” y desde el cual:

tendríamos que contarles cómo amamos cómo el sueño estableció su reino entre nosotros

Y sí, inevitablemente Gloria tendrá también que recordarnos en esos versos, como una revelación prácticamente oracular ante seres mecánicos, que no somos sino los sobrevivientes “de una década jodida”. ¿Cuál es entonces la condición del poeta? Se define a sí misma como una poeta de este siglo con rótulas desfallecidas “sobre la duela sucia”, donde se encuentra con nosotros, donde vamos solos y “puteando / en contra de la muerte”. Y es que aquí ya hace tiempo, señala Gloria, nuestros héroes vivos “se hicieron millonarios” y antes eso no debería quedarnos otra bandera que la de gritar:

nosotros
pobres poetas de aquí
no entregaremos las armas

Y es que estamos “en el sitio en donde deben comenzar los sueños”. Venimos, no lo olvidemos –insiste en ello la poeta huasteca– de un lugar en donde se nos veía confiados, y así:

sucios y arrugados los sujetos de la poesía iban a cambiar el mundo

Pero Gloria trae consigo el sable del reclamo y nos grita que “es otra cosa chingados”, nos pide no hacernos pendejos, ¡está hablando de su vida y nos concierne! Y quizá por eso el poema del que proceden estos versos se llama “ahora soy incapaz de idolatrar a nadie”. Gloria escribe, denuncia:

porque
no hay ocupación más torpe y desdichada que vivir

Poesía, para la poeta de este primer libro, es “un reluciente bruto”, un “fragmento de náusea”, “un aullido”, porque están matando a todos algo de lo más sagrado que hay en la existencia humana: la razón desvalida, la que ayudaría a seguir aquí. Y sí, también hay que señalarlo, el poema que trae este mensaje en ristre se llama “poesía no ha salvado a nadie”.

En una página sola, como el mensaje supremo de un poema potente remarcado en un solo verso, mínimo y rugiente, afirma: “yo era el poema”. Y, así, pide en otra página que el poema la sostenga esa tarde, que sobrevenga a chorros, que inunde con brutalidad el cuerpo sólido de una noche en que agoniza y, finalmente:

que no perezca nuestro tiempo sin que la palabra diga el ser de su verdad que no pase el día sin que la palabra se involucre en la muerte del poema

Siguiendo con el recuento de procedencias, los anteriores versos vienen de un poema que tiene como título, salido del epigrafario, la sentencia latina “Nulla dies sine línea”. Pero Gloria no para su ráfaga de reclamos a la especie, a sí misma y a todos nosotros, al reguero de pronombres que somos, y remata:

sin las balas del poema estoy perdida
y ustedes también

Pretende, entonces, escribir el poema del siglo, a sabiendas de que el poema, en el aquí donde existimos, se suelta la mano y abandona la baranda del ahora. Sin embargo, es Gloria de esas voces arcaicas, entre militantes y hechiceras, que a medio fusilamiento o encaramada en su hoguera le grita a quien la ata:

esta mañana no vas a poder conmigo hija de tu perra madre
vida

Para esta poeta abrir el poema implica “seguir el rastro del ahogado”. Sí, sus poemas están abiertos ante puertas cerradas y, ya así las cosas, ¿qué más puede sucederle? Observa tristezas de soles limpios, de hombres y mujeres que se repiten con asiduidad podrida los gestos del día a día y, ya en el planeta, ya en el país, nos espeta en la cara “esta pena de ser uno de ustedes”. Porque somos los seres que tomamos aire y sin embargo nunca llegamos “a la cara del poema”. Ella morirá, dice, todos morimos; pero ella dio su vida, su parte, y quiere echar lo que reste a los desechos de basura:

y a otra cosa
vida hermosa

Nos recuerda entonces, otra vez, que somos sueños breves, que se le está muriendo todo “y nadie viene”. Pero también es Gloria la poeta que habla del padre, que (aunque sea él) hace sentir que “no merece perder la vida de ese modo”. Es poeta de vivencia y su vivencia misma no queda fuera del lamento de sombra y sueño. Su poema, su pulso constante, es una materia que se ha atorado “entre el recibo de la renta / y el de la luz eléctrica”. A su paso “sucia gente sin sueños tropieza” con ella. En las mañanas de invierno, recorriendo miradas y agonizando, se pregunta “quién ha puesto tanto gris en risa”, “qué les hizo tanto daño”. Pero, siempre ante ese escenario, confiesa:

yo no pude ser carlitos marx
soy tan sólo una poeta
y amo toda esa basura

No queda fuera de su poesía el tema del dinero, claro, pero como pregunta, exclamación y desconsuelo:

mi dinero?          puta madre
todavía y sin explicación cantamos

Finalmente, la poética inicial de Gloria nos ubica en un mundo en el que “estamos de verdad muy solos” y en un sistema miserable “que condena a los poetas / a dar clases de literatura / para poder pagar la renta”. Y es esto también un punto central que da pie a la crítica de la autora hacia el propio gremio poético. Y es que no estamos ante una escritora que asuma la condición de poeta como curada de suyo de las miserias que señala. Antes bien, su condición de poeta está doblemente dolida a lo largo de su obra: por el entorno y por los poetas subsumidos y alegremente conformes con él. Por eso remata en “mala cosa es la gente de mi país”:

qué infamia este destino de poetas
instalados a chaleco en la bohemia

La obra posterior, Litoral sin sobresaltos, reparte algunos títulos en inglés que dejan el sabor de boca de la biculturalidad a medias o a tercias que respira el mexicano a través de rótulos muy precisos, seguidos de poemas con títulos más largos y donde continúa una callejera visión del extravío del otro, de nos-otros. Ahí se deja sentir una Gloria que sale a la calle “despojada de máscaras” y “casi desprovista de armaduras”, con dos manos que pretenden hacer temblar a dios y ojos dolidos de la vida. En ese vagabundeo por las calles (que bien pueden simbolizar el afuera, el mundo), señala desde el mejor pronombre incluyente, el nosotros, cómo no hemos logrado suicidarnos “en nombre del futuro / luminoso”, ni tampoco hemos sido capaces, en el otro extremo, de habernos traicionado “por un coche / último modelo”. Nos señala, pues, como una sociedad gris y tibia, como unos extraviados desde cualquier polo. Somos, así, unos perdedores, unos vencidos, como precisa este final de Down generation:

los triunfadores de estos años nos miran con desprecio
y la buena gente de todas partes
nos palmea con lástima los vencidos hombros

A los ojos de la poeta es un horror, es un asco esta revelación del humano que somos porque simplemente no hemos llegado al encuentro con el otro:

uno encontraría su propia           intragable muerte
inscrita en grandes pero indescifrables caracteres
en los ojos elusivos del otro en el espejo

En tercera instancia, la obra Para quienes en altamar aún velan vuelve al tema del espejo -y, por ende, del otro; y, por ende, de uno mismo-. La Gloria de esos versos busca un espejo para encontrar allí su rostro, arrastrando su personaje “en calles invadidas por mohosos edificios”. Ahí, en “el foco sucio de la soledad impuesta” siente cómo en sus propios ojos ha visto “los crímenes de todos”. El oráculo aquí es, pues, el espejo, el espejo reencontrarnos para incomprendernos, como deja ver -valga la redundancia- el poema Probablemente (el poema es un espejo) inútil:

solamente un espejo
ese espejo donde mires te mires
nos mires
y no entiendas

En este libro también está Gloria comprometida con los sueños. Pide que no se espere de ella ni su vida ni sus sueños, pues no llegó a aprender el odiarse y, así, no tiene nada que olvidar. Y aquí también surge un verdadero manifiesto que se hermana con el de Gabriel Celaya y su revelación del poema como arma cargada de futuro. Gómez Guzmán apunta tras un epígrafe más, esta vez de los Proverbios de Salomón:

yo canto contra aquéllos que se apoderaron de la realidad y el sueño
y nos dejaron fuera
contra aquéllos que erigieron los imperios
donde perecemos en esclavitud y olvido
los que han borrado todo rastro de amor en nuestras caras

También este libro deja ver lo terrible que es ser pobre (pues “termina uno siendo mezquino”), el hecho de que aquiles no haya muerto entre nosotros y de que ningún héctor haya emprendido la defensa de nuestras ciudades. Y sí, no siento casual que Gloria escriba los nombres con minúscula inicial, pues el aminoramiento de las figuras míticas, el hecho de hacerlas sentir parte de nuestra miseria humana, también es (p)arte de su voz.

Situados en “una canción besada sobre el vientre de los sueños sin futuro”. Ha llovido sobre nosotros toda la noche, asienta el título de uno de sus poemas, y ahí está presente otra de nuestras resultantes humanas:

y es que nunca fuimos dueños de nuestro destino
nunca probamos el sabor de absoluto que tiene la libertad

La voz de Gloria, a fin de cuentas, es un dedo que señala, es un puño en una mesa, es un brazo con el codo apalancando la mentada de madre. Por eso pregunta “de qué están hechos los días que uno se hace”, “por qué parece que los hizo otro que nos odia”

y los otros
por qué parece que estuvieran ahí sinceramente mirándote
como si no importara
como si tu desdichada destrucción no los alcanzara

Y, así, hacia el final del libro, conectándose con aquella sentencia clásica inmortal de Píndaro que mencioné páginas atrás, está acaso el verso más potente dentro de esta vertiente de las temáticas y las pulsaciones humanas de Gloria: “sólo sombras que habitaron hombres parecemos”. Versos después continúa y nos recuerda que “somos breves años” y, por ello, pregunta si esperamos acaso “el principio de todos los tiempos”. Y ahí mismo nos define como caída. Ése es nuestro lugar. Y es que en la caída germinan, azules, “las semillas del sueño”.

Se trata de un manifiesto final en esta obra, tras anunciar que no ha logrado afincar sus sueños “-los sueños de todos-” en el tiempo real. Por ello, y de manera resumida, asume su condición, la que la mantiene firme:

digo que lo único que quise
fue la abolición de la desdicha

De algún modo podría decir como lector recién llegado que la esperanza está presente en estos versos finales de Gloria, pero la esperanza vista a la griega, según el mito griego que la encajona en la gaveta de los males. Dice nuestra poeta: “hemos resistido en el lado sombra de la vida”, para rematar haciendo eco del pasado al que voltea siempre entre resignada y esperanzada:

amábamos la vida
nosotros
que hemos sido
solamente humanos

El cuarto y último libro de Gloria en la antología que tuve en mis manos es Aguamala y otros poemas, donde tanto la polilla (que se parece al poeta viviendo entre libros y devorando palabras para que le salgan alas) como la araña (a la que no nos parecemos con nuestros triunfos y dichas arañados apenas), donde los pobres del mundo preguntan sin repuesta y los bienaventurados son, justamente, “los que esperan sin esperanza” (pues ellos construirán “el paraíso que nos es posible”). Es ése, como reza el título, el “saldo del milenio”.

Es esta obra un sitio, el agua firme donde de nada sirve gritar y donde se dice que la poesía no importa. Pero aun así sigue la poeta, seguimos. Es una persona que hizo con su vida un poema sin rima y sin medida casi, que la puso “al centro de la canción / temblando / viva y feroz / casi feliz”. Es el sitio desde el que se cuestiona como en el puente solitario de la avenida más sola: “quién se atreve a desechar un sueño que ha crecido”.

Gloria aquí anuncia haber amado los rostros, el desprecio que la sustentaba, y por eso se arrimó a la palabra, para entibiarse el pecho con el fuego del poema; pero se desconsuela sabiendo que no hay poema que pueda sobrevivir “con ese fracaso como sostén”, pues sabe que no hay nadie “nunca tan joven como para merecer un sueño”.

Sin embargo, y finalmente, Gloria Gómez Guzmán es la poeta del qué importa, porque si a nadie le interesa todo esto “de cualquier manera / viva el personaje”. Es ella quien ha pagado con vida “cada línea del poema” y para quien el crecimiento doloroso de la luz fue una pasión y una esperanza: “la porción del sueño que la sustentó mientras vivió”. De sus versos finales entresaco, emocionado, este eco que hago mío, no como lector, sino simplemente como humano:

estas manos ya han metido
suficiente ruido
entre las líneas

¿No es, pues, Gloria una poeta que me mienta la madre y ante la cual debo estar agradecido? Homenaje a ella y a sus vivos reclamos. Reconocimiento al zape que se llevó mi pulso dormido. Y ay de mi si no despierto y sólo vengo a aplaudir cívica, educadamente.

17 de noviembre, 2015

Tomado del sitio web Blanco Móvil.

Iza la vela Isabel

El 17 de agosto de 2010, en la Casa de la Cultura de Tampico, durante el XXI Festival del Bolero, se realizó un homenaje a la promotora cultural Isabel Ridaura (tercera de der. a izq.). El grupo cultural Aliarte y la Asociación Civil Cecilia Sanz de Ridaura le entregaron un reconocimiento. Durante el evento, la escritora Gloria Gómez Guzmán (al centro) leyó el texto aquí publicado. Fotografía: Beatriz Durán.

Por Gloria Gómez Guzmán

O también: Isa, la bella Isabel (en italiano) y, además: Isa la ve, la Isabel, en castellano; como jugando, sí, jugando, porque con Isabel siempre dan ganas de jugar, de reir, de entusiasmarse; de mirar la propia suerte -en los tiempos que corren- con coraje y ternura; y también con fe y divertida curiosidad, como lo hace ella.

He dicho en alguna parte que los humanos somos animales de dolor y olvido; bueno, Isabel no, ignoro si porta algún gen alienígena, pero ella no aprendió a olvidar y no parece que el dolor haya anidado en parte alguna de su mirada, siempre cálida y honesta.

Desde luego que me honra informarles que soy amiga de Isabel y por ello me tomo ciertas libertades al hablar de ella con ustedes, que quizá la han visto a la entrada de todos los festivales del Bolero desde siempre, pues ella ha sido parte esencial de nuestro quehacer cultural en este poblado, que ha visto mejores épocas, pero ahorita no me acuerdo de ninguna, así que aquí, creció aquí mismo y vive entre nosotros; es hija de los dos más hermosos seres que nos ha obsequiado la nación valenciana, los doctores Cecilia Sanz y Vicente Ridaura, de fértiles frutos en la vida académica y cultural prosigamos con Isabel, a quien tanto queremos los de Aliarte y los Cecilios.

Nació del puerto. Con su vigoroso corazón -ubicado en el lado izquierdo, como su conciencia-, Isabel siempre adhirió las causas justas, sin pretensiones de adquirir poder político –igual que sus padres y algunos de sus amigos- y allí ha estado, izando banderas rojas y tricolores, engrosando la lista de los eternos firmantes a favor de las causas eternamente perdidas por siempre, y haciendo lo que sea posible para dejar constancia de su pertenencia al bando de la buena gente; “que le hace que no ganemos nunca”,  le dije un día. Y ella sólo sonreía, quién sabe si su esperanza era más fuerte que la mía, de suyo muy menoscabada entonces.

Y anduvimos juntas los años de ese tiempo en que aún nos parecía posible jalonar un futuro no tan peor para los mexicanos todos. Sé que si ella no hubiese estado cerca de mí en ese tiempo, la vida con sus evidencias de catástrofe inminente me hubiera caído encima, derrumbándome. Nunca se lo había dicho y aprovecho para hacerlo esta noche, en que todos juntos celebramos la bravura, la alegría, el coraje y la ternura de esa enorme mujer que es Isabel Ridaura Sanz.

Tampico, agosto de 2010

Gloria

Por Marisol Vera Guerra

Han sido necesarios todos estos años
veinte quizá
desde aquel pálido día
en que mi juventud se apretaba entre Ejército Mexicano
y la Avenida Hidalgo
y era tu nombre vendaban en algún libro
el mío / tímido escarceo en lontananza
indispensable (digo)
tomar la maleta
al hijo alumbrado en invierno
un verso suelto y ese abrazo
en la central de autobuses
(vaivén iridiscente de la noche)
huir hacia el norte como un mal presagio
y expulsar de mi cuerpo dos cuerpos de mujer
aguja en mi perineo / lluvia sin rostro
el rescoldo de los hombres que se fueron
(sí)
para decirte
en estas letras (un poco envejecidas)
que
más de una vez
tragué dulcemente tu poema

Monterrey, mayo 2020

Calibración del lente con que el lector abrirá esta puerta

Fotografía: Miguel Ángel Camero
Por Andrés Cisneros de la Cruz

Gloria Gómez Guzmán se encuentra en ese pequeño núcleo de mujeres que se acercan con su poesía a la problemática social de la desigualdad y al conflicto político del abuso; pero sobre todo, es una poeta que se sumerge en la zona abisal de la condición humana, en especial, en ese sito, donde los seres han sido golpeados por aplastamiento económico, que representa la violencia más viva (e invisible) del mundo.

Es por eso que sus poemas son frescas flores de ira que ayudan a despertar a los que les fue arrancada la gracia onírica, y que sufren despiertos el yugo de un sueño impuesto. Esos mismos que perdieron su derecho a la inconformidad, y que en algún momento también dejaron de percibir su profunda necesidad de indignación.

Gloria Gómez es una voz que emerge de las aguas profundas del siglo pasado, para develar una realidad que no ha sido afrontada, y que son pocos los poetas como ella, que desde siempre dieron la cara para desmentirla.

Sus poemas son bofetadas limpias en el rostro del intelectual engreído que se difumina en la revolución de su silla. Un ácido ojo que revela que no importa lo qué se haga, sino el para qué se hace. Ontología escéptica, dolorosa. De una belleza ruda y desnuda; como la que gozamos cuando no podemos huir de la lluvia o los truenos, de su plata resplandeciente y los árboles oscuros del cielo.

“Si Gloria no es famosa, es porque a ella no le interesa”, escribe Guillermo Lavín, al respecto de la poeta. Porque tiene presente eso que ella llama la down generation, y que es la misma que vio caer la esperanza de otra realidad, al menos esa otra que prometían las revoluciones recientes. Por algo Miguel Donoso Pareja afirma que Gloria Guzmán sale de lo personal y se sitúa siempre en el contexto.

En esta breve selección que nos ofrece Gloria Gómez bajo el título Un modo de mirar que ya no se usa, deja en claro que sus poemas son tan nítidos, que parecieran haber sido escritos ayer. “Tendríamos que decir que somos / los sobrevivientes / de una década jodida”. Y se contrapone a las máximas de la poesía del discurso que salva, y ella, filosa apunta a ese templete y denuncia el uso de la poesía salvífica para fines lejanos a la producción particular y masiva de la conciencia.

Así mismo el amor a todo lo que es, incluso en su podredumbre, es un síntoma de poesía para Gómez Guzmán, porque no puede evitar esa apetencia emocional por lo que la rodea y termina por conformarla, en su hábito diario de comer de lo real, de lo posible.

También la obra de Gloria es una crítica directa al lector, a los habitantes de su corazón que es el mundo. Arremete contra ellos, con ironía, con acidez pregunta, deja las cosas claras sobre el suelo para que no haya duda de que hay algo mal en esta maquinaria.

Es una poeta que no teme decir, escribo “contra aquellos que se apoderan”, y tampoco se censura para exponer que la “patria es una calle sin salida / una broma asqueante de la historia”. Aquí la madre-padre es una falacia, un show que se montó para que cada quien formulara su íntima idea de imaginarla. Esta perspectiva hace de Guzmán una poeta moderna, completamente consciente de la transición que representa el descubrimiento de las ciencias sociales. No se limita, habla claro, sin tapujos. Y aunque declaró, parecido a Alí Chumacero, o el mismo Juan Rulfo, que no escribiría más poesía, su breve obra es ya una referencia para los poetas que tengan interés en quitarse los grilletes, los falsos estilos, y asumir que su poesía es parte de un todo hirviente, complejo; pero sobre todo, frente al cual el poeta no puede asumir, jamás, una postura de conformidad.

Tomado de www.piranhamx.club/index.php/pages/la-nieta-de-las-heroidas/item/770-calibracion-del-lente-con-que-el-lector-abrira-esta-puerta-andres-cisneros-de-la-cruz.

El oleaje de aguas densas de Gloria Gómez Guzmán

Fotografía: Miguel Ángel Camero
Por Marisol Vera Guerra

Por fin está en mis manos Aguamala y otros poemas, Gloria tuvo a bien obsequiármelo, a fines de junio, después de su lectura en Los Santos Días de la Poesía, y desde entonces he acudido a sus páginas como un animal sediento a un abrevadero. No diré que no lo conocía, que no había bogado entre sus letras, que no poseía ya un sitio en mi imaginario personal, mas no tenía la fortuna de abrazar el libro, de conversar con él en mi mesa y de llevarlo de compañero de viaje. Llámenme anticuada, sigo prefiriendo el olor de la tinta –con el riesgo de encontrar alguna termita u otro bicho anidado en las hojas– a la aséptica pantalla de una computadora.

Esta colección de poemas, editada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y la Universidad Autónoma de Nuevo León en 1998, fue amasada lentamente en el crisol de los años, desmenuzando imágenes e insomnios entre miles y miles de textos que nunca verán la luz, aunque su autora –ella misma lo ha dicho– se haya acarreado “acres recriminaciones de los editores, pero también efusivas felicitaciones y hasta cartas de buena conducta expedidas por el gremio”.

“A veces me preguntan que por qué escribo –dice Gloria en la solapa del volumen–. Lo he pensado en el transcurso de una madrugada iluminada por el terrífico resplandor de un foco de 100 watts y no he llegado a conclusión más profunda que la siguiente: cuando se ocupa el doceavo lugar de una familia miserable uno empieza a hablar solo muy pronto”.

El libro comienza con humor y elegancia “en defensa de algunas especies que amenazan con no extinguirse”; vemos desfilar mosquitos, piojos, cucarachas, y otros animalejos que le sirven a la poeta como metáfora para describir al género humano, sus abismos y venturas. Luego viene el oleaje de aguas en las que va soltando, de a poco, trozos de su historia personal que, de alguna manera, es también la historia de cientos de mujeres, de cientos de hombres, porque –lo he dicho y lo reitero– el Yo de Gloria es un Yo colectivo, un Yo que en la sencillez de su dolor se hace universal:

cuando uno tiene un pasado insoportable
uno no tiene poder alguno sobre él
está ahí
como un bulto de ropa sucia
que ningún detergente conseguirá limpiar.

Aguamar, Aguapalabra, Agualumbre, densas aguas fluyen en un diálogo íntimo y ascendente, como la marea en el puerto de Tampico, donde palpita la huella de la época que le ha tocado vivir a Gloria Gómez Guzmán, para que ella nos diga: “Poeta es aquel que sólo se dirige a los otros cuando habla consigo mismo”.

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas, miércoles 31 de julio de 2013.
Disponible en: http://mujerespejo.blogspot.com/2013/08/el-oleaje-de-aguas-densas-de-gloria.html